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sábado, abril 30, 2022

Zumbidos - Intertanto I - La fiesta

 (Manuel, Yazmin, Lucas)


—Ya, ¿pero hablaste con él? ¿Cómo sabes que sigue enojado? 

—No lo sé… pero no es la primera vez que hace algo así…

—¿Tú creí? ¿Después de lo que pasó? Yo encuentro que esta semana Carloncho anda bien cortante, más de lo que sería entendible.

—¡Qué es lento este ascensor! ...Y si llamamos desde acá al Carlos y le contamos que tendremos una videollamada a Arica con la Emilia, capaz que se quiera sumar por Zoom. De paso se agüena con Héctor. 

—¿Saben que…? Creo que llegamos hace rato y este ascensor no prende ninguna luz de aviso. Y sobre el Carlos...

—Voh veniai callado todo el rato… ¿También estás enojado con Héctor? Oye, tu parka está super mojada….

—¿Manu, creí que me hubiese molestado en venir si estuviera enojado...? Hace rato que quiero hablar y vos no te callaí. Ábrete la reja y mira en cual piso estamos, mejor. Pasame las cervezas.

—Oye, sí, te mojaste harto, Lucas. Y en serio ¿también andas enojado?

—No, Yaz. No estoy enojado. Sí, la lluvia me agarró en el paradero. Pero de eso no quiero hablar ahora. Lo que quería decir, antes que cambien el tema es que si se han fijado en el ambiente raro que hay en estos días… en la calle, en los negocios, en la U. ¿Manuel te ayudo?

—Nop… recién me di cuenta como abrir la reja de este viejo ascensor. Y…

Manuel enfocó la mirada buscando un indicio de dónde estaban, porque era claro que no estaban todavía en el primer piso.  El pasillo tenía un problema de iluminación y su piso de cerámicas oscuras y la pared media azul fue un obstáculo para encontrar el número del piso.  Mientras escuchaba a Lucas decir su teoría.

—Creo que los efectos de la pandemia, el encierro y quizá que más tiene a la gente molesta desde que empezamos a hacer vida normal o desde antes. Pero en esta semana hay algo raro. Incluso Emilia dice que en Arica la cosa no anda muy bien, anda belicosa la gente.

—¿Hablaí con Emilia?

Manuel notó que Yazmin pronunció el nombre de manera muy fría. Hizo una nota mental para preguntar después.

—Ahora yo te ayudo con las cervezas, Lucas. Tenías razón, llegamos al piso 7 hace rato. Apenas se ve el número.

—Cierra la reja primero. Si no queda bloqueado el ascensor.

—Que te manejai con estos cacharros.

—Yaz, siempre hablo con Emilia. Pero antes de que cambien el tema, quiero plantear que ¿Que tal que sí hay una variante del Covid que nos hace ponernos violentos? Dicen que la gente que perdía el olfato u otro sentido se ponía más brusca y se molestaba por todo. Capaz que hay otra variante.

—No hueí puh, hueón… ¿Otra vez nos van a encerrar?

—No sé, Manu y si Lucas tiene razón.

—Voh le creí con facilidad… 

Se rieron los tres, pero a Manuel le pareció que la risa de Yaz era diferente y que Lucas la miraba con delicadeza…  “Tení celos de la Emilia”, se dijo Manuel y se preguntó si debía decirle a Lucas. Aunque ahora que lo pensaba Lucas no era de los que iban a las juntas, porque vivía muy lejos, decía simpre.

—¿Y cómo es que te decidiste a venir, Lucas? Vo’ siempre te quejai de lo lejos que vivimos en Concepción y hablai pestes de Conce, que no te gusta nada.

—¿No te gusta Concepción?

—Ehhh… No, Yaz. El hueón del Manuel le está poniendo color y cambiando de tema, ¿qué haremos con Carlos?

—Buena, hueón… Por fin, llegamos a este lugar de encuentro y mala música. Y, por cierto, Lucas, la Yaz se conoce Concepción y Talcahuano al revés y al derecho, ella te puede decir dónde encontrar las cosas buenas.

Manuel con su mano izquierda se puso a tocar el timbre y con la derecha golpeaba con los nudillos la puerta.

El último comentario dejó en silencio a Lucas.

—¿Te ayudo con eso, Lucas?

—¿Cómo?

—Con una caja de cervezas, el Manu te apiló todas y ni te diste cuenta. Está como loco tocando la puerta.

—Aaahh, antes mándale un mensaje al Héctor y dile que estamos en la puerta. Con la música tan fuerte no escucha nada, parece.

—Buena idea —le guiñó un ojo y se puso a escribir sin darse cuenta el efecto que causó en Lucas con ese gesto.

La puerta se abrió, dejando a Manuel golpeando el aire.

—¡Héctor!

—Aburrete Manuel Manolo Malón… Siempre hací lo mismo. ¿Y esto? Tenemos visitas del Hualpenino.

—Traiguenino y la boca te queda ahí mismo —dijo Lucas. Yazmin se rió.

—¡Y también la compañera risueña! ¿Y porque tan risueña?

—Supieras —dijo Manuel ganándose las miradas de Lucas y Yazmin.

—Me estabas escribiendo... bueno, ya estoy acá. Chicos entren… Veamos si ustedes pueden cambiar el ambiente. No sé qué bicho picó al Flavio.  Por eso no venía a abrir se puso a reclamar por el timbre.

—¿Y no te reclamó por la música? Debe estar enfermo.

—¿Qué tení contra la música o vino el DJ Manolo, ah?

Entraron al departamento. Había unas quince personas, en pequeños grupos. Unos miraron a Manuel que se fue al equipo de música, otros conversaban entre ellos dando miradas al balcón donde había dos personas discutiendo. Uno era Flavio, tenía unos audífonos puestos, la otra persona no la ubicaban, quizá era su polola. Detrás de él se veían nubarrones negros y una parte del Cerro Caracol.

En la mesita de centro había cervezas en latas y cigarros encendidos en el cenicero. En la mesa del comedor había más cervezas, bebidas, galletas y papas fritas. En el mesón de la cocina americana había unos limones y una botella de tequila. Junto a la entrada había un perchero con la mitad de las casacas, parkas de los asistentes y la otra mitad estaban sobre una silla junto a la mesa del comedor.  Próximo al perchero había un porta llaves en el que habían colgado mascarillas nuevas y sin usar.

Yazmin y Lucas fueron al refrigerador con Héctor para guardar algunas cervezas.

—Oye Héctor, ¿Cómo es eso de que está raro el ambiente?

—No sé cómo decirlo, Yaz. Andan todos medios hueones.

—¿Qué tratas de decir? —preguntó Lucas.

—Es como que todos anduvieran cortos de genio. Reaccionando mal al menor estímulo.

Yazmin y Lucas se miraron. Luego sin hablar miraron a Manuel que cambiaba canciones cada cinco segundos en el equipo de música.  Vieron que una persona que no conocían fue a hablar con Manuel. Su postura mostraba que estaba molesto.  Héctor fue también allí.

—¿Qué huea? Esto huele mal, Yaz.

—Sí, Lucas. ¿Qué hacemos?

García, que fue la manera como lo llamó Héctor, le lanzó un golpe al pecho a Manuel que lo observó sorprendido. 

—Uff… ¿Vayámonos ahora?

—¿Y Manuel?

—Preguntémosle.

Mientras tanto en el balcón la discusión había empeorado, la polola de Flavio le lanzó una cachetada, pero Flavio le atrapó el brazo.  El grupito que los observaba fue hacia el balcón.

—¡Héctor, no está bien el ambiente! ¡Nos iremos! —le gritó Lucas. Héctor asintió, se veía tranquilo más que la semana anterior cuando detuvo la pelea de Carlos con el Profe de Cálculo.

Esa vez Carlos discutió con el profe por un trabajo. La discusión subió de voltaje y Carlos terminó dándole un puñetazo en la cara al profe.  Héctor intervino, pegándole a Carlos.  Y se pegaron entre ellos.  Carlos terminó con la nariz rota y se ausentó de la U toda la semana.  No querían más peleas.

—Manuel, ¿vámonos?

—No. No. No. Yo no le tengo miedo a nadie. No me voy, hasta que todos escuchen buena música.

García protestó. Héctor le pedía calma.  En el balcón el grupito hablaba con Flavio.

Yazmin y Lucas salieron sin despedirse.

—Me enferman las peleas. Me dejó traumada ver a Carloncho con su ropa toda ensangrentada la semana pasada. No quiero ver eso de nuevo. ¿Y qué pasa con ese tal García y Flavio?

—No sé, Yaz.

—¿Y a dónde vamos?

—Tampoco lo sé. Lo que me gustaría es ir a un café donde pueda poner a secar esta parka mojada antes de devolverme a Hualpén.

—Pues, vamos. Yo conozco un buen lugar.

Ambos sonrieron. Ambos tuvieron un poco de alegría y calma esa noche, antes de que todo estallara.


* * * [Fin Intertanto I] * * *

[Continuará Intertanto II y Capitulo 3]

[--Nota 1: Mientras releía y releía lo que ya tengo escrito para saber si había problemas, me di cuenta de que solo eran vaguedades lo que dicen algunos personajes respecto a la situación en el resto del país. Pensé que podía contar otras cosas con unos personajes haciendo videollamadas, intercambio de mensajes por whatsapp y simples llamadas y luego interconectar todo. --]

[--Nota 2: Para darle más fluides a este capítulo intermedio escribí más diálogos y bueno, todos los diálogos están escritos en el "castellanus chilensis" que tenemos. ;-) --]

viernes, febrero 18, 2022

Zumbidos - Capítulo 2 - Parte 4

 Raúl


Fumaba su cuarto cigarrillo en el pequeño patio junto a la cocina del Hospital Psiquiátrico San Emesa. Era un triángulo con baldosas descoloridas, con pasto alrededor del cerco, en un par de postes había unos cordeles tensados donde colgaban paños y estropajos que posiblemente lavaban en el pilón de cemento donde una llave en mal estado goteaba agua de forma continua, frente a este y en la punta del patio estaba la banca donde Raúl ya no se quería volver a sentar, bajo ella iba tirando las colillas. Ahora mientras botaba el humo pensaba en irse pronto de allí, los gritos desgarradores de algunos pacientes que en principio le incomodaban ahora le crispaban los nervios.

A un lado de la cerca del patio estaba el estacionamiento interno y hacía allí miraba a ratos Raúl porque junto a un furgón negro (fuera de lugar) estaba el auto rojo cereza del director del hospital, quién le había prometido una entrevista y no quería que se fuera sin darsela.

Al otro lado del patio se veía una parte del gimnasio del hospital y más allá una sección de cuatro pisos con ventanas enrejadas. De una de esas ventanas salían los alaridos.

Al iniciar la espera allí Raúl estuvo sentado en la banca pensando en cómo podría llegar un paciente a ese patio para poder escapar por la punta del triángulo que daba a un muro bajo y que al otro lado estaba la calle que lo podría llevar lejos, eso si no estuvieran sedados. Quizá era muy optimista y lo pensaba porque él estaba en buen estado físico y saltar el muro era algo que él podría hacer.  Después volvía a pensar en lo que lo tenía en ese hospital psiquiátrico: el asesino del vagabundo.

En su último contacto telefónico con un canal de televisión contó lo poco que sabía, inventando procedimientos para rellenar, ya tendría tiempo de corregirlo como si le hubiesen dado una mala información. Ahora esperaba que le avisaran cuando el director estuviera listo para recibirlo como lo había prometido casi una hora atrás para tratar precisamente esos procedimientos y explicar la presencia de cierto médico especialista que se encontraba apoyando la evaluación del asesino. Había puesto un breve antecedente de ello en su blog. (Su blog no era simplemente un informativo para sus lectores —bordeado de recuadros publicitarios— también era la vitrina para que lo contactaran diarios, tv o radios —aunque estos últimos no pagaban muy bien—).

La noche anterior tuvo la suerte de estar en la comisaría donde tenían detenido al asesino del vagabundo y pudo ver cuando lo sacaban para llevarlo a un furgón policial. Conversó con uno de los oficiales que conocía y este le dijo que lo llevaban al psiquiátrico porque había una eminencia extranjera que podría dar un diagnóstico preciso de lo que sucedía. Era raro y sabroso por decir lo menos.

Hoy era un día tremendamente noticioso, sin embargo, creía estar en el lugar indicado a pesar de llamadas de colegas que le contaban hechos que habían visto in situ: Personas de piel verde en actitudes violentas impropias a lo normal. Era lo que se repetía con variantes, precisiones o imprecisiones, que no era un tono verde fuerte, ni tampoco era un tono cadavérico, era otra cosa, un tono enfermo, quizá cadavérico. Él había visto ese tono de piel en el asesino cuando lo llevaban al furgón, no le había prestado mucha atención anoche (pensó que podía ser la iluminación), pero con lo que había estado escuchando esa mañana sabía que tenía relación. Se alegró de estar en el Psiquiátrico San Emesa, tenía la corazonada que obtendría el golpe noticioso.

En eso escuchó un rumor ensordecedor. Seis ruidosos camiones con contenedores blancos tomaron posición en el lado este y sur de la manzana, por su altura le eran visibles a Raúl desde el lugar en que estaba. Un séptimo camión entró al área vacía del estacionamiento. Un conductor en traje militar salió del furgón negro que había estado todo ese rato allí. Del techo de la carrocería de un camión que estaba en la calle salió una antena parabólica.

—¿Llegaron más gringos? —escuchó a su espalda.

Creyendo que lo iban a buscar, Raúl estiró su chaqueta y corbata antes de dar la vuelta. El recién llegado era un joven de jeans, camisa manga corta y sin corbata, una credencial le colgaba del cuello. En una mano tenía un cigarrillo y con la otra se revisaba los bolsillos.

—¿Te prestó el encendedor? —le preguntó Raúl, ofreciendo el suyo.

Mientras el joven trataba de encender el cigarrillo, Raúl miró la credencial buscando su nombre y sólo vió la tarjeta Bip! que llevaba en el lado interior. El joven la giró con la misma mano que tenía el cigarrillo, mostrándola brevemente y Raúl vio el logo de una empresa informática.

—Gracias, me llamo Juan —dijo entregándole el encendedor—. No me gusta que la gente vea el nombre en la credencial y me hable como si me conociera interrumpiendo mi trabajo. ¿Y tú quién eres?

—Raúl… ¿Mucha pega hoy?

—Unas cosas simples, pero tan necesarias que de la empresa me fueron a buscar a la casa y me trajeron hasta acá, afuera está la zorra y no sé por qué están los gringos metidos.

—¿Cómo así?

—Tuve que cambiar el AP de este hospital a uno gringo usando un VPN gringo. Creo que es para traspasar la información a ellos.

—Ya veo, punto de acceso y túneles virtuales, ¿eso?

—Sí… ese tipo de cosas, después iré a otro lado. ¿En qué trabajas tú acá?

—Relaciones Públicas. Enlace con noticias… Por ejemplo ahora necesito hacer un informe sobre el asesino del vagabundo que trajeron para acá.

—No tengo idea de qué me hablas, no veo noticias.

—Un caso que creo, o apuesto, que fue el primer caso de los que estamos viendo hoy y que pueden haber más.

—¿Qué pueden haber más casos de violencia? Sí, claro que sí, va a quedar la cagá, poh. A mi me trajeron un furgón negro como el que está afuera. Tengo colegas que están en lo mismo en unos bancos, me dijeron que hay militares chilenos y gringos trabajando en conjunto. Va a quedar la gran cagá… el estallido social será recordado como un chiste.

—¿Militares gringos? Necesito ir a hablar con el Director de este recinto, necesito confirmar eso. Deberé ir a otros lados

—¿Necesito? ¿Recinto? ¿No trabajas acá…? ¿Quién eres, hueón?

—Lo siento… Soy periodista, un tipo de Relaciones Públicas —sonrió—. Tranquilo, no te pondré en problemas.

—No, hueón. Yo no tendré problemas, tú los vas a tener. Este lugar va a ser controlado por los gringos. Ya los hay junto a los ascensores. No creo que puedas irte…

—Buscaré al Director, él sabe que estoy acá.

—Mira, hay dos posibilidades… que te dejen ir por las buenas o tengas que tratar de irte por las malas. Me vendrán a buscar para ir a otro hospital. Tu debes empezar a ver como irte de acá, mejor. Veo difícil que puedas convencer a los gringos —tiró la colilla al suelo y la apagó con el pie.

Raúl se despidió agradeciendo el consejo, aunque en realidad no estaba muy preocupado si lo retenían, lo que le interesaba más era saber lo que estaba ocurriendo allí. Que se estuviera llenando de fuerzas militares extranjeras le hacía suponer que era una especie de contagio, como en las películas… La historia era demasiado sabrosa para soltarla tan pronto. Tener contacto con la milicia gringa y su información le haría ganar ventaja para ofrecer los reportajes y poner el valor de ellos. ¿Estaría el “paciente cero” allí? ¿O estaría dejando volar su imaginación?

Lo mejor era ponerse en movimiento. Pasó por la cocina donde seguía al solitario cocinero que había visto antes de ir a fumar al lado. Ésta vez se veía algo amurrado observando un par de ollas al fuego, de una ellas salía el olor a frutas cocidas. De allí tomó el pasillo que lo llevaban a las escaleras que se conectaban con el segundo piso donde estaba la sala de reuniones que los doctores usaban para discutir, debatir o hasta chismorrear las situaciones de los internos del psiquiatríco.

Raúl subió las escaleras y, a pesar del aviso de Juan, se sorprendió al ver un par de militares extranjeros en traje de camuflaje custodiando la puerta de la sala de reuniones. El soldado más cercano a él le hizo un gesto para que se acercara y el otro empuñó el rifle de asalto convenciendo a Raúl de ir donde ellos.

—¡Identifíquese! —le pidió el soldado en un español correcto, con el seseo que él asoció a un jugador de fútbol español. No había razón para mentir, no estaban las condiciones para aquello, por lo que mostró su credencial de corresponsal. El soldado con su rifle lo apuntó al pecho, estaba por levantar las manos cuando se abrió la puerta y un trío de personas se sumó a su inspección de identidad.

El director era uno de ellos y le dijo a un tipo trajeado con unas carpetas bajo el brazo y al militar de rango alto:

—Es un periodista, ¿Cómo actuamos en este caso?

—Saquenlo de aquí. —Dijo una voz del interior en un mal español. Era un militar extranjero.

—Trabaja para diferentes medios… —añadió el director. A Raúl no le gustó aquello.

—Al final del día no habrá a quién le importen las noticias —dijo el militar mascizo que había hablado antes. Raúl lo vio al acercarse un poco al umbral de la puerta.

—Yo tomaría detenido al huevoncito y lo metería en una de sus salas acolchadas. No me gustan los periodistas —aportó el militar chileno. Raúl lo conocía, era el Teniente Coronel que supo mantenerse en el cargo y en la institución evadiendo su amistad y ciertos contactos cercanos con los comandantes y generales investigados por corrupción. Riquelme era su apellido.

—¿Me pueden decir que está pasando?¿Qué están haciendo aquí?

Riquelme se rio.

—No creo que sea bueno que lo sepa —dijo el Director.

—Su país se matara entre sí. Se volvió loca la gente con las antenas de los canales de televisión y de radio. No, no fue un accidente. Los dueños de los canales compraron la tecnología.

Era un mal español del militar y Raúl estuvo a punto de reír pero vio el miedo en el rostro del director, la sorpresa en el tipo trajeado y la malicia en el militar chileno. Este último añadió:

—Vaya, vaya. Me parece que lo que ya sabe lo transforma en un peligro. Es mejor que sea detenido.

—¡¿Qué?! ¡Solo han dicho tonterías! —Los dos soldados que custodiaban la entrada dieron un paso atrás y ambos lo apuntaron con sus armas. El tipo trajeado movía la cabeza de manera negativa. Riquelme volvió a hablar.

—¡Usted conoce información que consideramos secreta y que puede influir en las actividades militares y policiales que se llevarán a cabo hoy!

—¡Qué tontera está hablando! —Raúl a pesar de la amenaza de los soldados dio un paso adelante y vio que en el interior de la sala había otro tipo de traje, grueso, canoso, que estaba ausente de todo mirando el contenido de unas carpetas. La eminencia extranjera. —¿Quién es usted?¿Qué hace en este lugar?

—¿Quiere más detalles? —dijo Riquelme— Bien. Las antenas magnifican una señal que altera el cerebro de las personas… las amígdalas, el hipotálamo, que se yo… Esas cosas que ellos saben mejor que yo —dijo apuntando al director y a la eminencia médica, que ni por eso los miró—. Eso los hace receptivos a los estímulos y pueden terminar transformándose en bestias violentas. Interesante, ¿no?

A Raúl ya no le parecía una locura viendo la cara de las otras personas.

—Ahora con mayor razón debes ser detenido.

Raúl miró las carpetas en la mano del tipo trajeado imaginando que todos los detalles estaban allí, tan solo a dos pasos de él. Si pudiera tenerlos podría fundamentar la historia. Se interponía el Teniente Coronel Riquelme. Atrás tenía los soldados que no dudarían en disparar, ¿o no?.

Pensó que Riquelme era más hábil con su locuacidad (con su blah-blah salió indemne de todo de todo lo que lo relacionaba con el traslado de maletines con dinero). Pensó todo eso en un segundo, rogando que sus clases de defensa personal le dieran una pequeña ventaja. 

Raúl dio dos pasos, empujando a Riquelme que cayó sobre el director y tomó al tipo trajeado jalandolo hacía sí en un movimiento que incluía una flexión de sus piernas (Clases de autodefensa. Si eres el tipo que investiga en ambientes peligrosos, es mejor saber ciertas cosas para sobrevivir). Con ese movimiento hizo cruzar el umbral al tipo trajeado y lo dejó justo a los pies de uno de los soldados. El tipo era importante, los soldados bajaron las armas y Raúl salió corriendo hacía las escaleras con una de las carpetas en la mano. Escuchó disparos, pero no se detuvo. Ahora sí que no habría duda de que lo encerrarían si lo detenían.  

Corrió por los pasillos visualizando la banca y el muro que necesitaba cruzar. Corrió sabiendo que en sus manos  tenía la información que validaba la historia que acababa de escuchar. Si lograba cruzar el muro podría contar su contenido… ¿Sería verdad que el país se terminaría matando los unos con los otros? …esperaba que no fuera verdad, esperaba salir con vida de allí. Corrió.


* * *


[Fin capítulo 2]

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martes, octubre 19, 2021

Zumbidos - Capítulo 2 - Parte 2

Marcia


Marcia dejó su casa sin despedirse de su madre porque se había vuelto a dormir.   Su madre y padre se levantaban a las 5 de la mañana para tomar desayuno juntos, ella después se volvía a acostar y él se iba a una bodega que estaba a un par de cuadras de la casa donde trabajaba en la portería.  Un trabajo de medio tiempo con turnos de malos horarios que le permitía aumentar su pensión que era irrisoria. Marcia estaba molesta con la clase política que años y años discutían sobre las administradoras de fondos de pensiones, pero no había soluciones.

Aunque Marcia no creía en los políticos e incluso señalaba que no les encontraba nada de «honorables».  Ella estuvo unos años trabajando en un café de Santiago Centro donde era normal que llegaran parlamentarios. De paso oía sus conversaciones, veía sus actitudes y estas dejaban mucho que desear.  Escuchó en una ocasión como unos se ponían de acuerdo para aserrucharle el piso a un parlamentario nuevo. No, ella no creía en la buena voluntad de los políticos, los veía como personas que habían llegado para enriquecerse y ser empresarios, empresarios similares a esos que decían detestar sus malas prácticas. Ella los había escuchado planeando las mismas cosas. De honorables nada. No creía que alguna vez cambiaran algo.

Se habrán visto apremiados por las circunstancias con el estallido, pero también se fueron relajando con la irrupción de la Pandemia, autorizaron sacar plata de las AFP a los habitantes, sin embargo, no hubieron reformas para regularlas o eliminarlas, por lo que Marcía creía que se mantendrían en pie. La Hierba mala nunca muere. Podría pensar en Piñera y todo lo que había pasado con él, pero pensaba que no había que dedicarle ningún tipo de pensamiento. Ya detestaba a los políticos y los políticos empresarios pasaban a una categoría que ella llamaba: mierda al cuadrado.

En el paradero se encontró con más gente de lo habitual, pero no vio a quienes estaba acostumbrada a ver a esa hora ¿Se habrían enfermado?¿Tantos? 

Con las conversaciones de los que estaban allí se enteró de que los buses del transporte de transantiago no estaban trabajando en su totalidad. Había personas esperando mucho rato.  Había más rostros molestos en vez de los habituales rostros marcados por el sueño ese día.

Una muchacha joven se acercó a ella, primer rostro conocido que veía en el paradero.  En realidad, Marcia,  no era conversadora con la gente que en el paradero día a día, solo trataba de ser amable, ya que siendo amable podía, además, informarse si había pasado ya un recorrido del transantiago. A la muchacha la había visto antes pero nunca habían conversado hasta ahora.  

Ella tenía mucho que contar. Le dijo que había altercados en varios lados de la capital, que en algunos hasta los choferes de las micros fueron agredidos, que por eso había menos recorridos.  Primera vez que Marcia se quejó por no ver noticias.  ¿Sería tan grave como le contaba la muchacha?¿Un nuevo estallido social? 

Más de veinte minutos después apareció una micro con el recorrido de ambas. Un bus de diferente color con el número de la ruta en papeles pegados en las puertas y en el parabrisas.  Marcia y la muchacha se miraron y aceptaron que era la única manera de llegar a sus destinos.

Llegó después de la hora de entrada al trabajo con una sensación negativa a flor de piel. Pensando en todo lo que estaba ocurriendo y en cómo la muchacha empezó a cambiar su actitud tranquila dentro de la micro. Ambas ocuparon el espacio destinado a silla de ruedas, pero, a medida que se llenaba la micro, Marcia se cambió de lugar para estar más cerca de la salida para cuando le correspondiera bajar y la muchacha se puso audifonos para aislarse escuchando noticias.  Vio que una mujer canosa ocupó el lugar que había dejado.  Cuando estaba cerca de su paradero escuchó a  la muchacha discutir con la señora porque tenía un sanguche mordido. La muchacha estaba roja y soltaba cosas que parecían incoherencias, no pudo entender qué gritaba, pero su mirada rabiosa iba a la mujer y su sanguche.  La mujer canosa, le decía que se tranquilizara y guardó el sanguche en la bolsa que tenía en la mano. Marcia no pudo seguir viendo, le tocaba bajarse. Pero la escena se quedó con ella, en especial cómo había cambiado la muchacha y preguntándose de por qué ese arrebato.

La parada del transantiago la dejaba en la misma manzana en que estaba su trabajo y habitualmente la rodeaba caminando, encontrándose con ambulantes vendiendo sanguches, artículos para celulares, golosinas y los kioscos con diarios. Esta vez no había nada de eso, solo gente caminando apresurada para llegar a su oficina. Cuando dio vuelta la esquina y vio el cochepatrulla frente a la entrada de su oficina exclamó: «¡¿Qué hu’ea...?!»

La calle estaba menos concurrida por lo que destacaban los grupos de personas que había, todos de su empresa.  Fue al grupo más cercano en los que la mayoría estaba fumando.  No eran de su área pero esperaba tener información.  Uno de ellos empezó:

—Una pelea entre el venezolano del aseo y la recepcionista...

—Lo conozco, es tan tranquilo que no me lo imagino agrediendo a alguien o empezando una pelea…

—¡No! La comenzó ella… Igual él no se contuvo.

—Fue un campo de batalla —dijo otro de los que estaba fumando—, fue como lo que está pasando en otras comunas y ciudades.

—Y estaban tratando de decir que era un tema político. No veo a la recepcionista y al venezolano politizados.

—Eso porque nunca conversaste con el venezolano.

Mientras escuchaba la conversación y sin mirar el bolso metió la mano y sacó el teléfono, vio que tenía una llamada perdida de un número desconocido y un mensaje de Irma diciéndole que iba atrasada.  Le mandó un mensaje a ella.

Uno de los jóvenes pidió silencio moviendo la mano en la que tenía el cigarrillo, pidiendo silencio, mientras votaba el humo.

—Disimulen… llegó el jefe. De él es el BMW azul.

Más disimuló el jefe haciendo como que no los vio a ellos yendo directamente a la entrada a hablar con un carabinero.  Del grupo un tipo delgado y alto que había estado en silencio en ese rato fue hasta donde el jefe.  El joven que pidió silencio, les dijo antes de volver a dar una piteada a su cigarrillo:

—Ese es el subgerente de recursos humanos, lo conocemos porque sale a fumar con nosotros. —Todos asintieron.

No pasaron ni cinco minutos cuando el jefe volvió a su auto y se fue.  El de recursos humanos regresó al grupo y les dijo que si no se arreglaba la situación en una hora con los carabineros custodiando la entrada, y considerando los problemas que estaban ocurriendo en la ciudad, tendrían todos y todas las unidades permiso para irse.  De ser así debían quedar atentos al correo por si mañana volvían al teletrabajo con el mismo sistema hecho en Pandemia.

—Esto no se va a arreglar —dijo uno, que momentos antes parecía morder la colilla de su cigarrillo, se dio vuelta sobre sus talones y se fue molesto.

—¿Y a ese qué le pasa?

—Anda mecha corta desde ayer… no sabemos porqué… ¿Y qué haremos en esta hora… seguir fumando?

—Tengo autorización para usar la caja chica y ofrecerles un desayuno a todos… los que quieran esperar.

Todos respondieron con alegría, dos de ese grupo fueron enviados a invitar a más trabajadores repartidos en pequeños grupos cerca del edificio, mientras el de Recursos Humanos fue al café más cercano a solicitar mesas.  Cerca de una treintena se reunieron allí.  Marcia al ver a tantos ya no le parecía buena idea ir, pero encontró que era mejor manera de esperar a Irma, luego con ella verían qué hacer.

Dentro del café se instaló en una mesa que le daba la posibilidad de salir sin dificultad en el caso que llegara Irma y con su bolso se apropió del puesto de al lado. Nuevamente quedó apartada de sus compañeros de área y esta vez, también, con el grupo que estuvo fumando. Quedó frente a un televisor que estaba sintonizado en un canal de noticias, la foto fija en la mitad de la pantalla decía arriba «Contacto telefónico», al medio la foto de un periodista demasiado feliz para el día y abajo su nombre y lugar de contacto: «Raúl Gonzalez desde el Psiquiatrico S. De Emesa»; en la otra mitad la conductora con cara de no querer estar ahí, hacía preguntas sobre lo que allí sucedía con una voz que vibraba y dejaba notar su nerviosismo.

Marcia trataba de escuchar y no se dió cuenta de lo que ocurría a un par de mesas de donde estaba.  Escuchó unos gritos y miró en esa dirección tratando de entender qué pasaba. Uno de los compañeros con los que estuvo fumando gritaba cosas que ella no le encontraba sentido y quienes lo rodearon le gritaban, a su vez, le gritaban para hacerlo callar.

Le gritaban que dejara de gritar, que estaba haciendo el ridículo, que si estaba drogado, que si se había vuelto loco, que acaso no pensaba lo que gritaba, que no sería que en realidad tenía caca en la cabeza.  El compañero levantaba la voz, las quejas que gritaba parecían raspar su garganta y sonaban guturales… Hasta que un puñetazo en pleno rostro lo hizo callar.

Tuvieron que tomar de los brazos al boxeador que también había empezado a gritar, aunque sus gritos eran aullidos.  Marcia miraba todo con miedo y sorpresa.  Lo que veía le parecía terrorífico, ¿el colega se había contagiado con la rabia del colega gritón?.  No, no podía ser cierto. Debía haber algo malo en esa persona. Vio cómo lograron sacar con dificultades al boxeador.  En el trayecto soltaba manotazos para tratar de liberarse del grupito que lo empujaba.  Era inquietante todo.

Demasiado raro lo que estaba pasando. En el café otros compañeros se veían igual de sorprendidos, eso hizo destacar más a aquellos que miraban atentamente la televisión como si al lado de ellos no hubiera pasado nada.  Marcia no aguantó más y salió del café, trató de alejarse de allí, parecía que el lugar irradiaba malas vibras y debiese estar lejos de su alcance.

Sacó su teléfono para mandarle un mensaje a Irma de que la iba a esperar en otro lugar.  No alcanzó a escribir nada, ya que recibió en ese momento otra llamada de un número desconocido, que decidió atender.

—Soy el Cabo Luis Perez.  La llamó porque su número estaba de favorito en el teléfono de Pedro…

—¿Pedro? ¿Qué le pasó a Pedro?

Y cuando le explicaban se fue poniendo pálida y sintiendo el miedo frío que la llenaba.  No tenía explicación a lo que sucedía, deseaba que fuera un mal sueño y poder despertar pronto.


* * * *

[Anterior: Capítulo 2 - Parte 1 : Irma]
[Siguientes: Pedro, Raúl ...]

domingo, octubre 03, 2021

Zumbidos - Capítulo 2 - Parte 1

 —Capítulo 2: Olas de violencia—


Irma


Empezó como un día normal y fue después de la ducha matinal que Irma prestó atención a la radio alarmándose con la noticia.  No parecía real.

Escuchaba una radio online en su computador y pretendía responder con un mensaje, uno que había pensado mucho, a una persona en especial en su Facebook.  Estaba en bata y con una toalla envuelta en su pelo mojado y quedó choqueada, aturdida unos segundos.  No, no le parecía real la noticia.  El miedo lo sintió como un cosquilleo tras sus orejas.

Caminó a la ventana que daba a la calle y buscó la plazoleta, tan preocupada estaba que había olvidado que desde su cuarto no se veía.  Así que volvió al computador y abrió una página de un canal de noticias donde en directo mostraban la plazoleta. Policías en overoles blancos entraban a una tienda montada junto a las carpas, el periodista hacía hincapié en que no era el único hecho de violencia ocurrido en esa madrugada en el país, pero el que él reporteaba resultaba brutal porque la plazoleta estaba bastante cerca de una estación de metro y mucha gente pasaba por allí, incluyendo niños.

Irma escuchaba atenta, temiendo que apareciera el nombre de Jenny, atemorizada por lo sucesos que estaban ocurriendo, ¿había dicho que no era el único incidente? ¿Qué estaba pasando? Ayer un indigente fue asesinado y hoy hubo otro y según la radio había más incidentes.

Que la gente de la capital se volviera loca no le parecía raro, que llegara a ese extremo le podía parecer discutible…. Aunque no podía olvidar el estallido social ni que cuando llegó a la capital y tomó el metro por primera vez fue testigo de un par de situaciones extremas, de una violencia de la que no estaba acostumbrada. Presenció una pelea entre vendedores ambulantes y otra de unas señoras que peleaban porque una acusaba a otra de bloquear la salida.  Estuvo tan cerca que pudo palpar la furia que tenían.

Fueron experiencias extremas necesarias, le diría Marcia, para curarse del espanto de la capital.  El primer mes estuvo temiendo volver a enfrentarse a un hecho similar, empezaba a sentir nervios cuando alguien se envalentonaba y pretendía pelear y quedaba un rato así a pesar que la otra persona se disculpaba o no pescaba, bajando la intensidad del incidente.  A veces creía que era ese smog que cubría la capital el que enturbiaba a las personas.

¿Qué estaba sucediendo? ¿Era cierto lo dicho por el periodista de que habían hechos de violencia similares en otros lugares del país? Le molestó que el periodista no se refiriera a la víctima, a ella le interesaba eso y no que el que el énfasis fuera que un asesinato cerca del metro fuera más impactante… ¿además qué quería decir con eso? De seguro Marcia sabría y ya adivinaba lo que diría, que no importaba el indigente, importaba que pudo pasarle a alguien que trabajara, a un buen elemento para la sociedad.

El miedo aún pasaba sus dedos helados por sus orejas y para ayudar a calmarse paseó la vista en las paredes en busca del crucifijo que no estaba, no era su habitación de la casa de sus padres.  Allí había uno que muchas veces parecía que cristo le devolvía una mirada de reproche, a veces de lástima y, a veces, le entregaba consuelo. «Jesucristo, nuestro Señor, sufrió más que tú», volvió a escuchar en su cabeza las palabras que la terminarían alejando de la iglesia y de su fe porque fueron las palabras de una charla más extensa con el cura de la parroquia a la que iba con su madre.  No hubo más consuelo, solo reproche.

Tratando de quitar el sabor agrio que quedó en su boca, empezó a abrir pestañas buscando la identidad de la persona asesinada en la plaza y para ver qué había ocurrido en el resto del país en otros portales noticiosos. Su mano temblaba sobre el teclado. Habían pocos detalles de los hechos violentos ocurridos en regiones.  (Como siempre la capital copaba las noticias.) Otra noticia que le llamó la atención fue en la que hablaba el abogado defensor del agresor detenido el día anterior y señalaba que quería que se hiciera a la brevedad un análisis psicológico y uno en busca de trazas de drogas ya que su defendido era, hasta ese hecho, un trabajador respetado en su estudio contable y no había en su actuar pasado una actitud similar,  su ex pareja, con la que tuvo un hijo, hablaba bien de él.

La información la encontró en la página de un periodista freelance llamado Raúl Gonzalez que entregaba notas a distintos medios y que en su blog personal colocaba los enlaces a las noticias.

El canal de noticias que tenía en una página abierta dio la hora y se dio cuenta que se estaba retrasando, ya no podría escribir el mensaje.  Dejó abierta las noticias de la radio online encendida esperando que dijeran quién había sido asesinado y esperaba que no se tratara de Jenny.

Cuando ya estaba vestida, maquillada y con el bolsito con la colación listo, apagó el computador aún sin saber quién había muerto.  Luego lo olvidaría un rato con lo que se encontró en el pasillo.

Salió tan rápido de su departamento cerrando la puerta y asegurándose de dejarlo con llave que no vio a su vecina tirada de espaldas en el suelo hasta que llegó al ascensor.  Su vecina se movía lentamente incapaz de ponerse en pie. Irma corrió hasta ella y dejó sus bolsos en el suelo junto a ella. Lo primero que hizo fue tomarle la mano y estaba helada, le vió la cabeza y tenía un golpe en la frente donde había salido un poco de sangre. La golpearon, se dijo Irma.

—Vecina, vecina… ¿Me escucha, señora Juana?¿Quién le hizo esto?

—¡Suéltame! —gritó, fue como un ladrido e Irma creyó que faltó poco para que la mordiera. Movía la mano tratando de liberarse de Irma, aunque ella trataba de ayudarla.

Corrió al departamento de su vecina, encontró el televisor encendido en un programa matinal que también estaba haciendo un enlace a la plazoleta.  Irma apagó la tele, tomó un cojín del sofá y, antes de salir, llamó por el citófono a la conserjería. Le contestaron al segundo repique y explicó la situación al conserje el que indicó que iban a ir inmediatamente.

Las cámaras en los pasillos no eran revisadas con regularidad, los conserjes tenían prioridad de observar los estacionamientos y los ascensores en la única pantalla que tenían, si veían algo sospechoso activaban y veían las cámaras de los pasillos. Aunque eran más reactivos que proactivos, las revisaban cuando algún vecino anunciaba que había sido víctima de robo. Quizá por eso la señora Juana salía a mirar quien llegaba al pasillo, ¿habrá visto a alguien?, se preguntó Irma.

Volvió donde la vecina. Desde la puerta mientras hablaba con el conserje observó sus movimientos lentos e interrumpidos con ocasionales manotazos rápidos en el suelo como esos juguetes a baterías en mal estado.  Trató de levantarle la cabeza para poner el cojín y ella no se dejaba.

—¡Déjame! ¡Conozco a las de tu clase!...

Irma quedó congelada, sorprendida. La desconocía. No le gustó la manera cómo hablaba…. ¿Se medicaba?  y en eso notó que la piel de ella tenía un tono verde, lo asoció a que llevaba mucho rato tirada en el suelo y el frío de las baldosas le estaría afectando.

—Vecina. ¿Déjeme ponerla en pie y llevarla a su departamento?

—¡Déjame! —. Y esta vez le lanzó una dentellada en la que los engranajes de su mandíbula crujieron poniéndose en marcha. Irma reaccionó alejándose.  Se puso en pie y observó a su vecina, sus movimientos tenía más de esos movimientos bruscos.  Era una máquina poniéndose en funcionamiento con pequeñas aceleraciones. Una máquina con forma de animal  y poseída de una película de terror.  Retrocedió otro poco.

Llegó el ascensor y de allí salió el empleado de la limpieza, era un joven moreno. Peruano, le parecía a Irma por el acento de las pocas palabras que habían hablado entre ellos en ese tiempo: un saludo y que tenga un buen día.

—¡Ohh...Vaya! Yo me encargo, señorita —. Sacó un woki-toki y llamó a conserjería explicando la situación que no era muy diferente a lo que ella había dicho. Llamarían a una ambulancia.

—¿Hizo algo usted?¿La movió?

—Traté, pero no se dejó.

—Yo le pondré ese cojín, mientras esperamos a la ambulancia. Si tiene que ir a trabajar yo me encargo del resto. Escuché en la radio que la atención de las ambulancias es lenta hoy.  Ha habido muchas peleas.

—Muchas gracias, tenga cuidado con ella, me trató de morder.

Irma entró al ascensor y mientras se cerraban las puertas vio cómo el joven trataba de poner el cojín y de evadía las mordidas que le lanzaba la señora Juana.

—¡Déjenme! Conozco a los de su tipo…


Tuvo problemas para tomar su ruta al metro por los operativos policiales en la plaza.  No le querían dar información los carabineros que allí estaban hasta que una oficial, algo alterada y deseosa de que ella se fuera le dijo que el asesinado era un hombre. 

Quedó más tranquila al saber que no se trataba de Jenny, seguía interesada en saber quién era la víctima y si lo que allí había pasado tenía relación con todo lo demás que estaba pasando.

Rodeó la manzana para llegar al metro.  Allí se puso a buscar radios donde obtener más información. La dejó en una radio que hablaba de problemas en un hospital y buscó sitios de noticias en internet.  Finalmente entró al blog del periodista freelance, en ese momento su última información decía que estaba en el psiquiátrico del SML esperando llevaran al asesino del indigente. El periodista además tenía unas breves notas del colapso con las ambulancias.

Irma estaba tan atenta a las noticias y preocupada de su situación laboral por su retraso que no se percató que había menos gente que lo habitual en el metro ni que pudo subirse a uno sin problemas.  Le escribió a Marcia y ella le respondió que también estaba retrasada.

Habían pasado dos estaciones cuando las luces pestañearon y el tren frenó con un chirrido metálico.  No era comparable pero pensó en algo que ni siquiera había ocurrido: en su vecina tirada en el suelo chirriando los dientes y luego los engranajes de su mandíbula comenzaban a trabajar.

La voz inentendible del conductor dio información que ella interpretó como que había que esperar hasta que la siguiente estación estuviera disponible.  Ya le había pasado que en algunas ocasiones el tren se detenía en el túnel esperando que el tren predecesor dejara la estación. 

Vio que quienes iban cerca de ella se estaban impacientando cuando solo habían pasado dos minutos, a los cinco ya estaban alegando y gritándose entre ellos.  El miedo empezó a envolver a Irma con garras frías.  Sentía que no podía moverse del lugar en que estaba.  Mirando con temor a su alrededor se dio cuenta que no estaba totalmente lleno el vagón.  Eran pocos, pero no se sentía segura con esa gente.  Volvieron a pestañear las luces y ella dio un sonoro suspiro.  Hubo pasajeros frente a ella que la miraron con molestia.  Sosteniendo la mirada, manteniendo el enojo.  Como ninguno llevaba mascarilla pudo ver sus labios apretados. El tren comenzó a moverse haciendo nuevos chirridos que ella percibió como si fueran provocados por las mandíbulas de los pasajeros que la observaban.

 En la siguiente estación Irma salió espantada apenas se abrieron las puertas.  Sentía las piernas temblorosas.  Dio unas respiraciones profundas para relajarse.  Después miró a su alrededor por si alguien de allí se había molestado con ella, pero los pocos pasajeros que había en el andén miraban en otra dirección.  La atención estaba dirigida a un grupo donde había guardias y un empleado de la estación con un botiquín (una maleta plástica con la cruz roja en su centro).

Nada estaba bien.  No cabían dudas de que algo malo estaba pasando.

Buscó un asiento disponible en el andén y sacó el teléfono del bolso para volver a escuchar radio o leer el blog. Pasó mucho rato en eso cuando entró a ver los mensajes que le habían llegado.  Marcia le escribió varios.  Que tuviera cuidado al llegar, que habían problemas en la recepción de la pega.  Que la estaba esperando en un café cercano. Que Pedro estaba en problemas, que no iba a creer lo que había pasado.

Ya podía creer cualquier cosa. Con un estremecimiento pensó en el rechinar de las mandíbulas de su vecina y de los pasajeros del tren que había abandonado.  Su radar interno la alertaba de posibles peligros.

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